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La gárgola - II

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La gárgola - II

Mensaje por SanctusDeiRequiem el Lun Ene 07, 2013 3:09 pm

Roche era una chica extraña, no cabía duda de ello, pero aun así tenía algo que hacía que quisieses estar con ella. Estuvimos paseando durante horas; manteníamos largas conversaciones con el fin de conocernos el uno al otro, y descubrimos que teníamos mucho en común. Nos sentamos ante la Tour Eiffel, contemplando las luces de la ciudad del amor. No sabía que hora era y tampoco tenía ninguna intención de saberlo, pues en aquel momento me sentía como si hubiese estado viviendo en un sueño.
Miré a Roche, y observé en ella rasgos que no había podido ver antes a causa de la oscuridad. Su piel era extremadamente pálida, prácticamente gris, y sus ojos eran del mismo color. Los dedos de sus manos estaban ligeramente arqueados, y sus uñas eran muy largas. Pero no le di demasiada importancia a su aspecto.
El ruido de la ciudad era aturdidor, sin embargo no existía el más mínimo sonido a mi alrededor a causa de la eufórica sensación en la que estaba sumergido, pero ese silencio imaginario fue roto por Roche.
- Roche: está amaneciendo, debo irme.
- Alexander: ¿por qué? ¿Qué sucede?
- Roche: si te lo contase todo tendría que desmentir demasiadas cosas. Por ahora necesito que creas que no puedo estar expuesta a la luz solar porque soy... fotosensible.
- Alexander: ¿es eso una falsa excusa?
- Roche: no exactamente, pero necesito saber que piensas que soy vulnerable a la luz solar. Yo nunca te diré lo contrario.
- Alexander: está bien, como quieras.
Roche dio media vuelta y se alejó corriendo sin ni siquiera despedirse. Quise pararla por un momento.
- Alexander: ¡Roche!
La misteriosa chica se detuvo por un momento al oírme gritar su nombre.
- Roche: dime.
- Alexander: ¿volveré a verte?
- Roche: búscame en Notre Dame.
Y cuando hubo dicho eso, se fue. Sin embargo, algo me sobresaltaba; había salido de casa a las diez y media, más o menos. ¿Realmente estaba amaneciendo? ¿Tan tarde era? Sin duda alguna estar con Roche, paseándome por las calles de París me había hecho perder la noción del tiempo.


Cuando llegué a casa, Madeleine todavía estaba durmiendo. No tenía ninguna intención de decirle hacia dónde había ido, o con quién había estado... Por lo menos no hasta que me lo preguntase ella antes. Pero no le di muchas vueltas al tema, y me limité a ir a mi cuarto y echarme en mi cama para compensar algunas horas de sueño.
No tardé demasiado en dormirme. Creo que incluso soñé que estaba caminando por las calles de París con Roche, ambos cogidos de la mano... Pero todo aquello era estúpido; ¿como puede alguien enamorarse en una sola noche? Imposible sin duda, pero Roche era especial. Cierto es que esa chica era a veces más fría que el hielo y más dura que una roca... Supongo que por eso la llamaron así. De una cosa sí estaba seguro: necesitaba verla de nuevo, de noche, en Notre Dame.
Madeleine me despertó a las nueve de la mañana para desayunar. Comí como nunca antes lo había hecho, pues llevaba tal vez unas 14 horas sin digerir nada en absoluto. Madeleine me hizo la esperada pregunta de un modo bastante indirecto:
- Madeleine: ayer llegaste tarde...
- Alexander: sí... estuve paseándome por París toda la noche.
- Madeleine: ¿toda la noche?
- Alexander: por lo menos mientras estuve fuera. París es una ciudad bastante grande, y se necesita tiempo para visitarla.
- Madeleine: ¿vas a volver a Notre Dame?
- Alexander: tal vez esta noche.
- Madeleine: lo tomaré como un sí.
- Alexander: no pasa nada, ¿verdad?
- Madeleine: ve con cuidado, los alrededores de Notre Dame no son un lugar muy seguro cuando cae la noche.
Esa última advertencia por parte de mi hermana no me la esperaba en absoluto. Desvié mi mirada hacia la ventana, y vi como caía la nieve. Sin duda, este iba a ser un día bastante frío.
- Alexander: Madeleine, ¿tú crees que a las gárgolas pueden tener vida propia?
- Madeleine: ¿qué estás diciendo?
- Alexander: nada... no... No es nada. Olvídalo...


No hice nada en absoluto al largo de todo el día. Madeleine tampoco hizo gran cosa; se limitó a arreglar unos pocos detalles del vestido de la esposa del juez, pero nada más. La verdad es que pasé la mayor parte del día sentado en mi escritorio, haciendo dibujos con carbón sobre lienzos de tela que había encontrado en el desván. Una de esas obras era la gárgola humana que había encontrado el primer día... Más bien dicho, la gárgola humana que “me había parecido ver” el primer día.
Ya era casi la hora de la cena cuando hube terminado el quinto dibujo. Oí que las campanas de Notre Dame daban las ocho en punto y sentí deseos de salir de casa, de modo que cené rápidamente, cogí el abrigo y me fui.
Era una noche muy fría, y la nieve no dejaba de caer. Miré hacia Notre Dame, esperando ver la gárgola humana, pero no estaba allí. Miré por los alrededores, buscando a Roche con la mirada, pero no la encontré. Decidí entrar en la iglesia para evitar seguir pasando frío. El interior de la iglesia era muy silencioso, pero esta vez pude oír pasos descendiendo desde el campanario. Era ella, Roche. Sentí una tremenda alegría al verla.
- Alexander: ¡Roche!
- Roche: ah... eras tú, Alexander.
- Alexander: ¿qué estabas haciendo ahí arriba?
- Roche: estaba haciendo compañía a las gárgolas.
- Alexander: por favor... No me digas que piensas que las gárgolas tienen sentimientos?
- Roche: nosotros los tenemos. ¿Por qué no pueden tenerlo las gárgolas?
- Alexander: ¡son rocas!
- Roche: ¿...y?
Esa respuesta tan fría me hizo querer cambiar de tema, pero Roche no parecía pensar lo mismo que yo.
- Roche: el frío agrada a las gárgolas; hace que la roca parezca más dura y más impenetrable. Pero la soledad es triste para ellas.
Me acerqué a ella y la miré a los ojos. Ella también me miró y eso me paralizó por un instante, pues sus ojos grises eran increíblemente intimidantes e inexpresivos.
- Roche: y a tí, ¿te gusta el frío?
- Alexander: la verdad es que... no demasiado.
- Roche: típico.
- Alexander: ¿acaso a ti te gusta estar congelada?
- Roche: prefiero el hielo al fuego, sin duda.
Roche era una chica muy fría, literalmente y figuradamente. Dio media vuelta para dirigirse a las escaleras que llevaban hacia el campanario, y yo la seguí. Era muy rápida subiendo escaleras, más que yo por lo menos. Cuando pisé el último escalón vi a Roche sentada en el lugar en el que me pareció ver la gárgola humana. El fuerte viento no parecía molestarla en absoluto, simplemente se mantenía en su posición, mirándome a los ojos.
- Alexander: aquí dónde estás sentada es dónde me pareció ver la gárgola humana de la que te hable ayer.
- Roche: ¿de verdad?
- Alexander: sí...
Me acerqué más a ella, dejando que nuestros rostros estuviesen separados a una distancia de aproximadamente unos 10 cm.
- Alexander: ...pero ahora en su lugar, veo algo mucho más hermoso.
- Roche: ¿no estás yendo demasiado rápido?
- Alexander: Roche, al largo de toda mi vida he estado buscando alguien que supiese entenderme. Siempre he estado solo, y ahora todo parece haber cambiado después de haberte conocido. Cierto es que voy muy lanzado, pero nunca había estado tan seguro de lo que estoy haciendo.
- Roche: no estás solo, tú tienes una familia.
- Alexander: sí, la tengo, pero mi familia nunca tuvo tiempo para mí. El trabajo era mucho más importante que nosotros, y mi hermana y yo tuvimos que aprender a vivir sin nuestros padres. Nadie me ha entendido tanto como tú, y creo que yo también puedo entenderte.
- Roche: ¿qué te hace pensar eso?
- Alexander: ¿sabes, Roche? Siempre he creído en el destino, y creo que si ahora estamos aquí tú y yo, es... es...
- Roche: ...por el destino.
- Alexander: ¡exacto!
- Roche: puede que tengas razón, pero debes saber una cosa...
- Alexander: ¿el qué?
- Roche: nadie, absolutamente nadie, ha podido entenderme nunca. ¿Qué te hace pensar que tú puedes? De hecho, nadie ha sabido nunca de mi existencia. Soy... soy como aquella gárgola humana que aseguras haber visto.
- Alexander: ¿qué quieres decir?
- Roche: nada, olvídalo. Prefiero ser la única que sepa de ello...
Roche puso las manos sobre mis hombros para empujarme y bajar de aquella base de roca sobre el cual estaba sentada. No me soltó cuando ya estaba de pie. Sus manos eran pesadas y duras, y me sentía como si fuese una estatua la que había posado sus manos sobre mis hombros.
- Roche: Alexander... Creo haberte dicho que no soy el ser que crees que soy, pero te digo ahora, que más que nada en este mundo desearía serlo.
- Alexander: para mí no es suficiente.
- Roche: realmente tenías razón; pensamos de un modo casi igual, pues para mí, tampoco es suficiente.
- Alexander: ¿por qué estas haciendo esto?
- Roche: porqué tú mismo has dicho que las rocas no tienen sentimientos.
Roche me soltó, pero no dejó de mirarme a los ojos. De pronto levantó la cabeza, mirando al campanario con cara de miedo. Roche se separo de mí y saltó por la ventana, subiendo al tejado. Era increíblemente ágil. En ese mismo instante, un hombre apareció subiendo las escaleras. ¿Acaso estaba Roche escondiéndose de ese hombre?
Él era el campanero de Notre Dame. Había subido para dar las campanadas de las nueve de la noche. Una vez hubo cumplido con su trabajo, me miró por un momento y me hizo una extraña pregunta:
- Campanero: ¿has visto esa gárgola?
Diciendo eso, señaló la base de piedra en la que Roche había estado sentada, la base en la que se encontraba la gárgola. Pensé que era lo que Roche quería que dijese; si tanto le temía a ese hombre, entonces tendría que negar su existencia., y supuestamente, también la de la gárgola a la que se refería:
- Alexander: no ha habido nunca ninguna gárgola ahí.
- Campanero: ¿estás seguro?
- Alexander: supongo.
- Campanero: sabes de lo que te estoy hablando, ¿verdad?
- Alexander: no, la verdad es que no tengo ni idea de lo que está hablando usted.
- Campanero: y supongo de tampoco habrás visto por aquí a una muchacha llevando una capucha, ¿me equivoco?
- Alexander: se equivoca del todo.
- Campanero: mientes, sé que mientes.
- Alexander: ¿sabe? Creo que cuando alguien no tiene conocimiento sobre lo que está diciendo, la mejor alternativa es cerrar la boca y tragarse las palabras innecesarias.
El campanero dio media vuelta y bajó las escaleras sin quitarme la mirada de encima. Cuando de hubo marchado, miré hacia el tejado y vi a Roche de pie, agarrada a una de las cruces. Anduvo hacia la torre y con un grácil salto, descendió hasta caer ante mí.
- Roche: no sé como puedo agradecértelo...
- Alexander: pues yo sí: quiero me cuentes todo lo que está sucediendo aquí.

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