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La gárgola - III

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La gárgola - III

Mensaje por SanctusDeiRequiem el Jue Ene 10, 2013 7:27 am

- Roche: ni siquiera sé por dónde empezar...
- Alexander: ¿por qué ese campanero preguntó por ti?
- Roche: ese hombre está loco. Ni siquiera he hablado nunca con él.
- Alexander: estás segura que no tienes nada más que decir al respeto?
- Roche: eh... tal vez... He estado viviendo muchos años encerrada en el campanario de Notre Dame, sabiendo que me estaba prohibido.
- Alexander: ¿por qué? Quiero decir... ¿por qué buscaste asilo en el campanario de Notre Dame, y no en ninguna otra parte?
- Roche: la luz solar entra con dificultad, además... no me siento tan sola cuando estoy rodeada de gárgolas.
Roche lanzó una mirada melancólica hacia las gárgolas. Cualquier otra persona habría pensado que esa chica estaba loca, pero yo sentí lástima por ella, pues entendí que durante toda su vida había estado sola.
- Alexander: ¿pero que hay de tu familia?
- Roche: yo no tengo familia... Por lo menos, no en este mundo.
- Alexander: vaya, lo siento, no quería... ofenderte.
- Roche: olvídalo... creo que ya entiendes porqué no me gusta hablar sobre mí.
Roche me miró, esbozando una falsa sonrisa en su rostro gris. Luego bajó la cabeza y me habló en voz baja.
- Roche: creo que... es evidente que no soy como los demás, ¿verdad?
- Alexander: ser diferente no es tan malo como piensas, Roche.
- Roche: no para mí.
Ni siquiera me había dado cuenta que de lo cerca que estábamos el uno al otro en aquel tierno momento, pero volví en mí demasiado tarde, pues habíamos sido vistos por un fraile.
- Fraile: ¡vosotros! ¿Qué estáis haciendo aquí?
- Alexander: estábamos de visita... Somos unos recién llegados y queríamos echar un vistazo a Notre Dame...
Intenté esconder a Roche detrás de mí para que no fuese vista por aquel fraile. El fraile no parecía tener tan mal humor como el campanero de Notre Dame.
- Fraile: creo que sería mejor que volviesen mañana por la mañana. No podemos permitir que la gente entre en la iglesia a estas horas de la noche sin razón alguna.
- Alexander: entendido. Eh... perdone las molestias.
- Fraile: descuida.
Roche y yo salimos de la catedral evitando ser vistos por los demás frailes. Cuando ya estábamos fuera, Roche corrió a toda velocidad alejándose de la catedral. Yo la seguí, aunque me costaba seguir su ritmo. Se detuvo a unos cien metros de la catedral y me miró a los ojos.
- Roche: estás haciendo demasiado por mí, no creo que después pueda compensarte...
- Alexander: no lo necesito.



- Madeleine: ¡despierta dormilón! Hay mucho trabajo por hacer.
- Alexander: ¡déjame dormir un rato más! Ayer llegué tarde a casa y necesito compensar horas de sueño.
- Madeleine: no es mi problema.
Se fue del cuarto por un momento, y pensé que realmente me dejaría dormir por unos cinco minutos más, pero no fue así. Volvió al cabo de diez segundos y me lanzó un cubo de agua fría a la cabeza.
- Alexander: ¡¿se puede saber que haces?!
- Madeleine: ¿vas a levantarte ahora?
- Alexander: ...ya voy.
Apreciaba a Madeleine por ser mi hermana mayor y por haberme dejado vivir con ella por una temporada, pero en situaciones como aquella realmente me habría gustado lanzarla a la hoguera.
Estuve casi toda la mañana bordando corsés y quitando hilos sobrantes de los vestidos acabados. De vez en cuando lanzaba alguna mirada fugaz hacia Notre Dame, y me preguntaba si Roche estaría bien.
- Madeleine: bien, creo que eso será suficiente por ahora. Esta tarde no va a ser necesario que traba... ¡¿Quieres hacer el favor de dejar de mirar la iglesia?!
- Alexander: ah, lo siento. ¿Decías algo?
- Madeleine: nada... Ve a dar un paseo a que te de un poco el aire.
- Alexander: bah, no me apetece. Prefiero dormir ahora y salir esta noche.
- Madeleine: si tú lo dices...
Y así lo hice. Me fui a la cama, y estuve durmiendo hasta las 18:35 pm. El cielo ya estaba oscuro a esa hora, y no había rastro alguno de la luz solar. Me limité a comer un pedazo de pan y entonces salí de casa.
Notre Dame parecía más sombría a aquella hora. Entré sin miedo alguno a lo que podría suceder o a lo que podría ver. Subí al campanario y, allí estaba: la gárgola de aspecto humano.
- Archidiácono: es preciosa, ¿verdad?
- Alexander: sí, lo es... Pero hay algo que me inquieta: ¿por qué aparece solo en determinadas horas del día?
- Archidiácono: eso tal vez pueda explicártelo Roche.
- Alexander: bah, Roche dijo que... Un momento... ¿Usted conoce a Roche?
- Archidiácono: ¡por supuesto! Pasa los días y las noches aquí.
- Alexander: pero el campanero dijo que...
- Archidiácono: olvídate de él. No soporta a Roche por ser lo que es. Tiene fobia a las gárgolas.
- Alexander: ¿qué tiene que ver?
- Archidiácono: mucho.
Justo en ese momento, subió el campanero a dar las campanadas de las siete. Oí ruidos provenientes de la gárgola humana, como si se estuviese quebrando, pero no se trataba de eso; estaba cobrando movilidad. Aunque seguía siendo ligeramente monocromática, empezó a brotar color de ella y pude reconocer sus ropas con más claridad. Se subió la capucha y entonces pude reconocerla.
- Roche: ahora ya lo sabes todo, Alexander. Soy una gárgola.
- Alexander: ¡¿por qué no me contaste la primera vez que te lo pregunté?!
- Roche: por favor... ¿Qué podía decir? “¿Esa gárgola con aspecto humano? ¡Claro que síííí! ¡Soy yo!”
- Archidiácono: cuanto menos gente sepa de su existencia, mejor será para ella.
- Alexander: ¿por qué? ¡¡Roche es una obra de arte!!
- Roche: oh, gracias.
- Archidiácono: por varias razones. Pero eso es un asunto de Roche.

Roche:
(Poema: Aquí,
by Valery Tei)

El mundo es cruel,
el mundo miente,
lejos de esa gente,
es cuando vivo realmente,
me aparto por mi bien.

Encuentro refugio en este santuario,
tú me miras sin huir de mí...
¿Cómo decirte a ti,
que yo nací así?
Estoy aquí, siempre aquí.

Soy una roca,
soy horrorosa,
y eso son crímenes que el mundo no perdona,
pero no puedes entender,
nadie me va a defender.

Si voy,
me tratarán como un monstruo...
Si voy,
se reirán de mí...
Lejos de la humanidad,
es dónde pertenezco,
estoy aquí, siempre aquí.

Me soy fiel a mí misma,
permanezco petrificada,
y a la vez humana.
Y por qué me lo exijo,
y me obedezco,
estoy aquí...siempre aquí.


- Alexander: ¿no crees que te mereces algo mejor?
- Roche: ¡soy una gárgola! Las pocas veces que me he dejado mostrar en mi forma real siempre he sido rota por los humanos. De hecho... mi hablar es diferente al tuyo, y eso en parte me delata... Además de mi horrible aspecto...
- Alexander: ¿solo por el aspecto?
- Roche: no... Las gárgolas estamos consideradas demonios, por algo horrible que pasó hace años por culpa de una de mí especie... Pero yo, siempre te dejé claro que no era humana, y que siempre estaba AQUÍ.
- Alexander: entonces... cuando decías que siempre habías mirado a Notre Dame...
- Roche: sí...
- Alexander: ...y cuando decías que te gustaba el frío... igual que las gárgolas...
- Roche: sí.
- Alexander: ...esa gárgola de la que hablaba el campanero...!
- Roche: sí.
- Alexander: cuando dijiste que actuabas hieráticamente porque las rocas no tenían sentimientos...
- Roche: ¡sí!
- Alexander: ...tú habías sido esa gárgola humana desde un principio!
- Roche: ¡¡sí!!
- Alexander: ¿hay algo más que deba saber?
- Roche: todo París sabe ahora que me conoces y que te has enamorado de mí. Estás perdido...
- Alexander: (lleno de ira) ¡¿quién eres tú para decir eso?!
- Roche: alguien que ha oído los comentarios de una gárgola adivina, que ha sido capaz de leer tu mente.
- Alexander: ¿hay más gárgolas vivas? ¿Qué es esto? ¿El Infierno?
- Roche: todas estamos vivas, Alexander, pero ella no posee mi poder... El poder de la humanización.
Roche se asomó a la ventana del campanario y señaló otra gárgola de aspecto humano, aunque no tan auténtico como el de Roche.
- Alexander: ¿quién es ella?
- Roche: su nombre es Din. Ella puede leer los pensamientos de los seres humanos, pero no los de las gárgolas.
- Alexander: vaya, esto no me lo esperaba...
- Roche: y ahora está diciendo que debes salir de la iglesia antes de que sea demasiado tarde.
- Alexander: ¿tarde para qué?
- Roche: ahora no puedo explicártelo, Alexander. Véte, ¡¡ahora!!
Obedecí a Roche, y bajé las escaleras lo más rápido que pude. Tenía una extraña sensación de sorpresa, ira y euforia. Roche, la chica que consideraba mi mejor amiga,aunque la conocía de tan solo tres días, la chica de la que me había enamorado, que compartía tanto conmigo... era esa gárgola que no me había dejado dormir por las noches, la que todo el mundo niega.
Al salir de la catedral, vi una multitud de gente acumulada en la plaza, mirándome con mala cara. Un hombre avanzó para llegar a la fila de delante, y me examinó el rostro.
Hombre: ¡¿cómo te atreves a traicionar a la raza humana, poniéndote de parte de esa escoria de piedra?!
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